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sábado, 8 de octubre de 2016

Fragmento del Asco. Feo, muy feo.


(...)
Mi única venganza posible sería arruinar tu memoria con confesiones, pero para qué. Dañar a los inocentes por matar a un muerto. Pero aquí te escribo: te desprecio. 
Generalmente te ignoro, no me existes, pero ahora que te recuerdo, me das asco y te desprecio.
Bien muerto.
(...)
No voy a perdonarte, ni guardarte rencor.
Eres como Voldemort al final de la última película.

Asco.

miércoles, 29 de abril de 2015

Escribir para después


Siempre que me leo me sorprendo y pienso que nunca voy a volver a escribir algo tan hermoso como lo que he escrito antes. Es una especie bien torcida de narcisismo. Me encanta leer las páginas de mi pasado, de mi puño y letra hasta emocionarme a las lágrimas. Me encanta auto-inducirme la nostalgia y renegar del presentefuturo con sus infinidades, aunque guardo la secreta certeza de que siempre seguiré escribiendo algunas líneas burdas que, después, y sólo después, me parecerán hermosas -estas mismas, por ejemplo-. 


Hoy día, comentando con una amiga, me acordé de fotolog. "Me gustaba tanto porque podía escribir mucho", siempre escribía mucho, aunque me comentaran 'sluds rose' los que no se dieron la molestia de leer. Me pregunto: para qué audiencia tanto escribía, para qué audiencia sigo escribiendo y qué comité de censura ya no me deja ''escribir mucho''. La respuesta fascinante que se me abre recién hoy, tras años, es que siempre escribo para mi yo futura. La eterna pregunta por el sentido se advierte relativamente contestada: escribo, para leerme con ternura vieja y compartirme con un poco de vergüenza. 
"Scribo ergo sum", fue mi lema, y me hace un poco más de sentido. Escribo para creerme que fui. 

viernes, 30 de marzo de 2012

Echar a andar



Tengo la costumbre, o la tendencia imperiosa, de apegarme a cuestiones materiales. Supongo que es un componente esperable de la cuota de obsesividad que me constituye. Me gusta guardar boletos de bus, boletas de cafés, pulseras de papel, incluso los mensajes que me envié con mis amigas en alguna sala escolar. Sí, es un cliché, un cliché por el que me obstino como escuchar a Regina cuando hace frío; tengo cajas de zapatos con recuerdos. Tengo las flores secas de mi graduación. Y un cuaderno en el que escribí un ensayo por primera vez, de media página, a los 12. 
Soy guardadora, con la cabeza para atrás. Hasta conservo esa frase que vengo repitiendo hace años. Lo nuevo, sin embargo, me encanta, y me lo guardo. 
Pero hoy; hoy se me fue una cajita de recuerdos que me llevó a mi primera fiesta escolar, que me trajo de vuelta tantas veces y me expulsó, que me valió el orgullo de llevar a cabo la empresa quijotesca de hacer andar una máquina mecánica que era más alta, ancha y dura que yo, y de equivocarme, de regenerarme e intentar. 


Se lo llevaron, y no tuve ningunas ganas de llorar.
No sé si el desapego, o al menos la indiferencia, me acerca más o menos a mí.